DUELO, REFLEXIÓN, ACCIÓN

Lo de siempre en la cultura global de este país nuestro de cada día. Un triunfo y todo se celebra conjugando los verbos en plural: Ganamos, logramos, triunfamos. Pero, cuando los resultados son adversos, de la sorpresa e incredulidad, se pasa al reclamo, al endoso de culpabilidades, a los reproches y a formatear el catálogo de todo aquello que “los demás” hicieron mal, sin detenerse a pensar que, para los demás, nosotros somos “de los demás”.

 

Lo peor del tema es que, usualmente, se cae en la paradoja de que todo cambia, para que todo siga igual. Así ha sobrevivido México.

 

QUÉ PASÓ

De entrada, como dicen los clásicos, la sociedad habló y habló fuerte. Agotamiento de la figura de los partidos; en multitud de casos, las mismas caras de siempre, las mismas promesas incumplidas, el mismo abandono de la sociedad y el divorcio de facto del electorado al estructurar una campaña permanente de oídos sordos y vista miope. ¿Resultado? Sin duda, la sociedad se hartó y apostó al más vale “malo por conocido que bueno con quién hablo”

 

SENDAS LECCIONES

Es evidente que muchas cosas, paradigmas políticos, sistemas de creencias gubernamentales y estructuras de narrativa, cayeron por tierra. Se derrumbaron por su intenso aroma a naftalina, por el acartonamiento de una prosopopeya vociferantativa y hablantosa, a la que nadie le pone atención, sumado todo ello a la supina estupidez de varias dirigencias que demostraron buscar primero, el aseguramiento de su puestecito y lo demás podía llevárselo el viento.

 

No fue tanto el problema de las encuestas “a modo” ofrecidas al mejor postor o temerosas de las represalias. Fue un hartazgo reiterado ante la incapacidad de algunos liderazgos –no todos- de debatir, de conectar con la gente, con la raza que va a trabajar todos los días; entender las lecciones de resiliencia de las amas de casa merecedoras del Nobel de Economía por hacer milagros con su presupuesto, sin esperar que dice Moody’s o Standard & Poors.

 

El 2 de junio le importó un pepino a la generación que ha comprado 3 o 4 celulares inservibles, porque cuando va a la escuela en la combi se los roban. Fue el cansancio bañado de tristeza de muchas madres, padres, hermanos, tíos o abuelos que jamás fueron recibidos por el funcionario todo poderoso que siempre se limitó al consabido “Seguimos investigando la desaparición de su familiar”

 

Fue la maldición de aquellas innumerables horas de espera y antesala en las elegantes oficinas del legislador que siempre tenía “cosas más importantes” qué atender. Fue un todo.

 

Y AHORA QUÉ SIGUE

En efecto, se trata de re-inventar a las instituciones políticas, pero también, aprender la lección básica del político y el funcionario: Se deben a la gente, a ésa, a quienes antes, nunca tuvieron tiempo de atender; a esa gente que jampas entendió la verborrea ampulosa y la retórica hueca que solían desgranar en cada rueda de prensa.

 

Es comprehender que los conciertos gratuitos con grupos taquilleros, quitan la tristeza por un rato, pero no cambian el rumbo para ser una sociedad feliz y resiliente. Es tener la certeza que regalar tinacos, grava o arena, calentadores solares o despensas, transforma la participación de la ciudadanía en un campo minado por la prostitución de “programas sociales” en los que el ciudadano se apega al mejor postor, porque eso, es la respuesta al “no me des… ponme donde hay”

 

Sin duda, se vienen tiempos harto complicados. Si no se camina hacia un proceso de reconversión a los valores –a los “aretes” de excelencia señalados por los griegos- a la amistad cívica como define la filósofa Adela Cortina, al encuentro solidario de paz positiva que se gesta empáticamente al encontrar mi yo en el otro, se abren grandes espacios a la autofagia social.

 

El otro camino es el aprender a ser felices con lo que no tenemos. Al tiempo

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SIRVIENDO A LA SOCIEDAD

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